Un fin de semana en San Sebastián: pintxos, playa de la Concha y monte Igueldo
Donostia se come, se pasea y se mira desde arriba. Dos días dan para las tres cosas.
San Sebastián, Donostia para los de aquí, tiene fama de cara y de presumida, y un poco de razón no le falta. Pero pocas ciudades de su tamaño ofrecen tanto en tan poco espacio: una de las playas urbanas más bonitas de Europa, una Parte Vieja que es un templo del pintxo y unos montes que la abrazan regalando vistas. Para un fin de semana es casi perfecta.
Día uno: la Concha y la Parte Vieja
Empieza paseando la Concha, esa bahía con forma de caracola y su barandilla blanca que se ha convertido en símbolo de la ciudad. Camínala entera, de un extremo al otro, y sigue hasta el Peine del Viento, las esculturas de Chillida ancladas en las rocas donde el mar rompe con fuerza. A según qué horas el agua sube por unos respiraderos y suena como un bufido.
Por la noche, la Parte Vieja. Aquí está el meollo: decenas de bares con las barras forradas de pintxos, esas pequeñas creaciones sobre pan o en cazuelita. La regla de oro es no quedarse en uno. Se toma un pintxo y un txakoli o una caña, se paga y se cambia de bar. Así, de barra en barra, se cena de la mejor manera posible.
En Donostia no se cena en un sitio: se cena en la calle, yendo y viniendo entre barras.
Día dos: monte Igueldo y Gros
Reserva la mañana para subir a algún monte. El Igueldo, al oeste, tiene un funicular centenario que sube a un pequeño parque de atracciones de otra época y, sobre todo, a un mirador con la mejor panorámica de la bahía. El Urgull, en pleno centro coronado por un Cristo, se sube a pie en veinte minutos y también compensa.
Por la tarde, cruza al barrio de Gros, al otro lado del río. Su playa, la Zurriola, es la de los surfistas, más abierta y con olas. El ambiente es más joven y desenfadado, con cafeterías y un aire menos de postal y más de barrio que se vive.
Dulce final
San Sebastián vive un momento dulce con la tarta de queso, esa versión cremosa y tostada por fuera que se ha hecho famosa en medio mundo. Hay cola en los sitios consagrados, pero va deprisa y la recompensa lo vale. Con un café al lado, es la manera redonda de despedir una ciudad que entra por el estómago y se queda en la memoria.
3 comentarios
Lo del pintxo de uno en uno y cambiar de bar es la clave. El que se queda toda la noche en el mismo sitio se pierde lo mejor.
Subimos a Igueldo en el funicular antiguo y mereció la pena solo por el trasto. Las vistas, de matrícula.
Probad la tarta de queso de La Viña. Hay cola pero va rápida y es de las mejores cosas que he comido.