Sevilla en tres días: barrios, patios y atardeceres junto al Guadalquivir
Tres jornadas dan para conocer la Sevilla de postal y, sobre todo, la que se vive de puertas adentro.
Sevilla se enseña entera en una mañana y no se acaba nunca. Esa es la trampa. Puedes ver la catedral, el Alcázar y la Plaza de España en un día y marcharte convencido de que ya la conoces, cuando en realidad solo has visto la parte que sale en las fotos. Con tres días la cosa cambia: hay tiempo para los monumentos grandes y para esa otra ciudad, la de los patios encalados y las plazas pequeñas, que es donde de verdad pasa algo.
Lo primero, un consejo de logística. Reserva la entrada del Real Alcázar por internet con varios días de antelación y elige una hora temprana. La cola de taquilla en temporada puede comerte una hora larga, y dentro vas a querer ese tiempo para perderte en los jardines.
Día uno: el casco, sin prisa
Empieza por la catedral y la Giralda nada más abrir. Subir a la torre por las rampas, las mismas por las que se cuenta que subían a caballo, deja unas vistas de los tejados que ordenan la ciudad en la cabeza. Luego, el Alcázar. Date al menos dos horas. Los Baños de Doña María de Padilla, ese estanque subterráneo de luz verdosa, suelen estar tranquilos mientras todo el mundo se agolpa en el Patio de las Doncellas.
Por la tarde, Santa Cruz. El barrio judío es un laberinto pensado para perderse, y conviene aceptarlo: guarda el mapa y deja que las calles te lleven. La calle Agua, los naranjos, los patios que se ven de refilón por una verja entreabierta. Sal hacia la plaza de Doña Elvira a media tarde y siéntate un rato.
Día dos: Triana al otro lado
Cruza el puente de Isabel II a media mañana y entra en Triana, que fue barrio de alfareros, marineros y flamencos y todavía lo lleva en la cara. El mercado, montado sobre los restos del castillo de San Jorge, es buen sitio para desayunar sin ceremonia. Después, la calle Betis pegada al río y las cerámicas de la calle San Jorge, donde se sigue pintando azulejo a mano.
Guarda la tarde para el otro lado del agua. La Plaza de España, esa exageración maravillosa de ladrillo y azulejo que se construyó para la Exposición de 1929, se llena de autobuses al mediodía y se vacía hacia las siete. Ve entonces. Alquila una barca si te apetece el plan turístico sin complejos, o simplemente recorre los bancos de las provincias buscando el tuyo.
El mejor atardecer de Sevilla no se paga: es el que se ve desde el puente de Triana mirando a la Torre del Oro, con el río encendido.
Día tres: lo que casi nadie ve
El tercer día es para soltar la guía. La Alameda de Hércules por la mañana, con sus terrazas y su aire de barrio que se reinventó sin perderse. La Casa de Pilatos, un palacio que mezcla lo mudéjar y lo renacentista y que casi siempre está medio vacío, una injusticia teniendo al lado las colas del Alcázar.
Si te queda energía, sube al mirador de las Setas, el Metropol Parasol, a la hora dorada. La pasarela de madera ondulada regala una panorámica de toda la ciudad y, de fondo, el campo. Es de esos sitios que parecen hechos para terminar un viaje.
Para comer sin equivocarte
Huye de las cartas con fotos del entorno de la catedral. En Triana, las freidurías de toda la vida sirven pescaíto que justifica el desplazamiento. En la Alameda hay cocina más nueva. Y en cualquier barra, un montadito y una caña de manzanilla bien fría valen como comida o como excusa para sentarse.
Tres días, decíamos. Salen justos, y esa es la gracia: Sevilla siempre deja algo pendiente para que vuelvas.
3 comentarios
Hicimos casi este mismo recorrido en abril y lo del atardecer en el puente de Triana es verdad, no exagera. Apuntado el bar de la calle Pureza.
Yo añadiría las Setas a primera hora, antes de que apriete el sol. La pasarela de arriba estaba vacía a las diez.
Gracias por avisar de lo de reservar el Alcázar online. El año pasado nos comimos una cola de casi una hora.