Oporto sin prisas: la Ribeira, los vinos y una ciudad que mira al río
La segunda ciudad de Portugal se disfruta a pie, cuesta arriba y cuesta abajo, con paradas para tomar aliento.
Oporto es una ciudad de cuestas, y conviene asumirlo desde el principio. Se sube y se baja constantemente, los pies acaban cansados y la recompensa son las vistas que aparecen al doblar cada esquina: el río Duero abajo, los tejados rojos en cascada y, al otro lado, las bodegas de vino con sus nombres pintados en grande.
Dos días dan para hacerse a su ritmo. Ni uno, que se queda corto, ni una semana, que tampoco hace falta. La clave es no intentar verlo todo y aceptar que aquí el plan bueno es callejear.
La Ribeira y el río
El barrio de la Ribeira, declarado Patrimonio de la Humanidad, es el corazón viejo. Casas estrechas y altas, ropa tendida, callejones que bajan al agua. Suena a tópico y lo es, pero funciona. Baja hasta el muelle a media mañana, cuando la luz da de lleno, y reserva el paseo para más tarde.
Cruza el puente Luís I, ese armatoste de hierro que firmó un discípulo de Eiffel. Por arriba va el metro y van los peatones, y desde ahí la panorámica es de las que se quedan. Al otro lado ya no es Oporto sino Vila Nova de Gaia, donde envejecen los vinos.
Vino de Oporto, en su sitio
Las bodegas de Gaia ofrecen visitas con cata. Muchas son grandes y muy turísticas, pero el producto manda: probar un tawny envejecido diez años, mirando el río por el que bajaban los barcos rabelo cargados de barricas, es entender de golpe por qué esta ciudad existe como existe.
No hace falta ser un entendido. Basta con dejarse explicar la diferencia entre un ruby joven y afrutado y un tawny más seco y a nueces, y quedarse con el que más te diga. Una copa a media tarde, sin más pretensión.
En Oporto el vino no es un souvenir, es parte del paisaje: se ve envejecer al otro lado del río.
Subir a São Bento y al mercado
De vuelta en la orilla norte, la estación de São Bento merece una parada aunque no vayas a coger tren. Su vestíbulo está forrado de azulejos azules, veinte mil piezas que cuentan escenas de la historia de Portugal. Se entra gratis y se sale con tortícolis de mirar hacia arriba.
Cerca queda el Mercado do Bolhão, recién restaurado, bueno para picar algo y ver a los de Oporto haciendo la compra. Y la calle de Santa Catarina para el paseo comercial, con parada obligada en el café Majestic si te van los sitios con solera, aunque pagues el doble por el ambiente.
Comer en Oporto
La francesinha es el plato bandera: un sándwich de varias carnes cubierto de queso fundido y una salsa de tomate y cerveza, casi siempre con huevo y patatas. Es contundente, pomposo y delicioso, y se comparte sin problema. Para algo más ligero, una tasca con bacalao a la brasa y un vinho verde fresquito.
Termina el segundo día en el jardín del Palacio de Cristal viendo ponerse el sol sobre el Duero. Oporto, vista así, parece pintada a propósito para despedir a quien se va.
3 comentarios
La Livraria Lello no la pusisteis y mejor, está siempre a reventar. Coincido en que la librería bonita de verdad es pasear las calles.
El consejo de cruzar por el piso de abajo del puente Luís I para los coches y por arriba a pie es oro. Vistas brutales.
Probad la francesinha aunque sea una bomba. Una se comparte entre dos perfectamente.