Granada más allá de la Alhambra: el Albaicín, los miradores y el Sacromonte
La Alhambra es el motivo del viaje, pero la Granada que se queda en la memoria suele estar en las cuestas de enfrente.
Casi todo el mundo llega a Granada por la Alhambra, y hace bien. Es uno de esos monumentos que aún siendo famosísimo no decepciona, más bien al revés. Pero la Alhambra ocupa una mañana, como mucho una mañana larga, y Granada da para mucho más. La ciudad de verdad está, en buena parte, en la colina de enfrente.
Antes de nada, lo práctico: la entrada a la Alhambra, sobre todo a los Palacios Nazaríes, se agota con semanas de antelación. Cómprala en la web oficial en cuanto tengas fechas y respeta tu franja horaria, porque no dejan pasar fuera de ella.
El Albaicín, cuesta a cuesta
El Albaicín es el antiguo barrio musulmán, un amasijo de callejas blancas que trepan por la ladera. No tiene una ruta lógica y mejor así. Sube desde la Plaza Nueva por la Carrera del Darro, junto al río, una de las calles más bonitas de España, y luego déjate llevar hacia arriba.
Fíjate en el agua. Por las cuestas del Albaicín corren acequias y caños desde época andalusí, y de noche, cuando no hay nadie, se oye el rumor del agua bajando. Es un detalle pequeño que la ciudad arrastra desde hace mil años.
Arriba está el mirador de San Nicolás, el clásico, con la Alhambra de frente y Sierra Nevada nevada al fondo. Llega al atardecer si quieres la foto, pero prepárate para compartirla con mucha gente y algún guitarrista. Para algo más tranquilo, el mirador de la Lona ofrece una estampa parecida casi en soledad.
Granada tiene la rara suerte de mirarse a sí misma: desde la Alhambra ves el Albaicín, y desde el Albaicín ves la Alhambra.
El Sacromonte y las cuevas
Más allá del Albaicín, la ladera del Sacromonte se llena de casas cueva excavadas en la roca, históricamente barrio gitano y cuna de la zambra, una forma de flamenco muy de aquí. Hay espectáculos para turistas, algunos buenos y otros de cartón piedra, pero solo subir y ver el paisaje, con las chumberas y las cuevas encaladas, ya vale el paseo.
La montaña al lado
Lo que sorprende de Granada es tener Sierra Nevada ahí mismo. En menos de una hora pasas de tapear en la ciudad a estar a más de dos mil metros. En invierno se esquía; el resto del año hay senderos preciosos por la zona del Veleta y los pueblos de la Alpujarra, blancos y colgados de las laderas, perfectos para un día de coche.
Tapas que vienen solas
Granada mantiene una costumbre que enamora a quien viene de fuera: pides una bebida y te ponen una tapa gratis, y suele ir mejorando según repites. Bien escogido el bar, puedes cenar a base de cañas y tapas sin pedir nada más. Es barato, es divertido y es muy granadino. Una manera redonda de terminar el día mirando, otra vez, hacia la colina iluminada de enfrente.
3 comentarios
Lo del agua de las cuestas del Albaicín suena raro hasta que lo oyes de verdad. Subir de noche con todo en silencio fue lo mejor del finde.
San Nicolás al atardecer está hasta arriba. Probad el mirador de la Lona, casi vacío y con vistas parecidas.
Gracias por recordar reservar la Alhambra con semanas de antelación. Se agota siempre.